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  • Leonardo Gell

Comentario sobre el libro "Enseres: esbozos para una teoría del disfraz" de Camilo Retana


Enseres es una palabra que nos remite a ese conjunto de objetos, instrumentos, atuendos… que pertenecen a una persona. Los enseres son, por tanto, aditamentos situados en nuestro entorno y que, con cierto grado de regularidad, poseemos, según la función que jueguen en nuestra vida. Siendo así, mis enseres me pertenecen, pero ¿hasta qué punto me conforman, me identifican, soy a través de ellos?, ¿hasta qué punto hago uso de ciertos enseres para habitar, simbólica y temporalmente, otro ser? Estas son algunas interrogantes que me permitirán esbozar reflexiones en el transcurso de estas líneas, parafraseando al autor y el título de su libro.


Pero, si dividimos esta palabra (enseres) —gracias a la riqueza idiomática del castellano y sin remitirme al origen etimológico de la misma—, su significado se transforma y supone un vuelco en dirección inversa, pues ya no se trata de esos enseres que nos pertenecen: objetos externos a la materialidad objetiva de nuestro cuerpo y que le rodean, en tanto artilugios para habitar otros cuerpos, simbólicos esta vez. Cuando dividimos esta palabra (enseres) en dos, se adquiere otra construcción de sentido, en dirección hacia las personas —como es nuestro caso—, hacia aquello que está en nosotras y nosotros mismos, ese arsenal de individuos y personajes —¿por qué no?— que subyace “en seres” humanos, sociales…


En ello pensaba, apenas leía las primeras páginas de este texto que hoy nos reúne: Enseres: esbozos para una teoría del disfraz, publicado recientemente por la Editorial de la Universidad de Costa Rica y cuya autoría pertenece a Camilo Retana Alvarado. Me van a disculpar que haya despojado a nuestro querido Camilo de su título académico (el grado de doctor), pues prefiero pensarlo en este contexto como el Camilo que, quizás, porta algunos de sus mejores disfraces, si no una atinada mezcla de todos ellos: el amigo, el profe, el colega que apreciamos y admiramos, más allá de ese par de letras que abrevian el grado académico y lo homogeneizan con otras y otros supuestos “iguales”, en una suerte de individualidad opacada.


Las artes, como la filosofía, han jugado un rol decisivo en la historia de la existencia humana, como relato sobre nosotras y nosotros mismos, que se construye desde el presente. Quizás, sean las artes y la filosofía algunas de las ramas de conocimiento que han pensado su presente en sentido inverso a la vida cotidiana. En tiempos donde los dioses se han convertido en monedas, cuyos templos son los monopolios financieros y, en su conjunto, edifican una religión llamada dinero, las sociedades centran sus emulaciones internas y externas en las cifras. ¡Los números! Para nuestras instituciones estatales también somos números, un código que nos despoja de cualquier intento por “ser”, “existir” en cuanto tal, más allá de un pequeño trozo de plástico al cual denominamos cédula y que nos identifica a donde quiera que vayamos dentro del territorio nacional. Los números, las cifras y la economía se han convertido desde sabe quién cuándo, en el centro de nuestras sociedades. Los ejemplos más claros los tenemos en este año no-calendario que estamos viviendo como seres despojados de nuestra propia dinámica de vida, y donde la economía ha sido la fuerza más contundente en la toma de decisiones políticas, sin poner en primer lugar las situaciones individuales y colectivas que nos han transformado como especie. Así que no me detendré mucho en este asunto, aparentemente desconectado de Camilo y su libro, mas no del disfraz que hace ya algunos siglos pulula de oriente a occidente y de norte a sur de La Tierra.

Pero, como ese texto habla, precisamente, de la vida, la existencia social y sus múltiples posibilidades intersubjetivas, en suma, la cultura, no me desvié del todo, porque —y repito— las artes y la filosofía nos han permitido establecer esa conexión perdida en estos tiempos con nuestro propio ser social, nuestra esencia. Es a través de ellas que conseguimos habitar en un espacio simbólico de nuestra mente donde poder reencontrarnos con esa esencia perdida del ser. Porque las artes y a filosofía son lo que ya he mencionado antes, no puede resultarnos extraño ver cómo, a pocos meses o años de diferencia, el cine, por ejemplo, produjo dos obras que hablan de una o múltiples problemáticas sociales. Me refiero a la serie española, en posesión de Netflix, titulada La casa de papel, o Hollywood con su cinta Joker (o Guasón, como le conocemos en algunos de nuestros países). En ambas producciones, dos máscaras, atuendos, enseres, se convierten en símbolos de denuncia y resistencia, con el propósito de habitar un estadío social que clama por un cambio en los paradigmas enquistados dentro del andamiaje político y financiero.

En ello pensaba también al leer este libro, cuyo ejemplo más cercano a nosotros es la analogía que pudiera establecerse entre los esbozos teóricos de Camilo y la obra de la artista visual chino-costarricense Man Yu Fung con su proyecto itinerante Traje Humano, declarado de interés cultural por la Presidencia de la República, el año pasado. El eslogan que acompañó el viaje de esa exposición fue: “No soy este traje”. ¡Vean ustedes cómo, paralelamente, se concebían dos productos artístico y filosófico sobre una preocupación afín con la existencia humana y todo aquello que aparentemente somos a la vista de los demás y, por qué no, de nosotras y nosotros mismos!


¿Por qué no pensar también que el disfraz es, justamente, la piel que habitamos (parafraseando una película de Pedro Almodóvar, también reciente)?, ¿por qué no asumir que los enseres poseídos son aquellos que utilizamos cotidianamente en nuestros roles sociales, mientras nuestro propio ser se asemeja más a otros estadíos de la existencia humana, no permitidos por las normas que lo superan? Y, más importante aún, ¿qué ha pasado, si fuere el caso, para que lleguemos a normalizar nuestros disfraces como una idealización del yo que no somos a ciencia cierta?, ¿somos capaces de reconocerlo o aún no despertamos de esa ilusión?


Este libro nos permite entender que todos los seres humanos tenemos algo en común, que no es sólo el hecho de habitar el planeta Tierra o pertenecer a la misma especie. Los esbozos teóricos que lo constituyen son, muchas veces, relatos sociales donde el disfraz se torna el centro o, quizás, el artilugio más eficaz para una y tantas manifestaciones de la cultura. Sus referencias a los carnavales, rituales y fiestas, o bien a la sexualidad, el género, el fetiche y el delito, por más que deambulen a través de las tradiciones de poblados y ciudades en varios continentes, evidencian esa necesidad humana, común, de manifestarnos a través del disfraz, con el propósito de habitar, personificar, encarnar a esas otredades muchas veces deseadas, al tiempo que reprimidas durante las dinámicas cotidianas y sus normas fiscalizadoras. En ese sentido, el hilo que nos conecta con otros seres humanos en tierras lejanas o, incluso, distantes en el tiempo, es la cultura misma, aquellos espacios (sean públicos o privados) donde recurrimos a esos enseres reservados para determinadas ocasiones. Gracias a ellos, por un instante, una noche o para el resto de nuestras vidas —según sea el caso—, podemos encontrarnos con otros seres que habitan en nuestro interior.

Cabría la pena pensar —como sutilmente lo propone Camilo— en una política de la posidentidad, también porque hoy un atuendo ha comenzado a erigir una imagen sobre nosotros mismos alrededor del mundo: la mascarilla sanitaria. Una pandemia nos ha obligado a portar ese aditamento en escenarios públicos, ocultando, quizás, una de las partes de nuestro cuerpo que mayor incidencia tiene en la expresión natural e individual de las personas. Esa homogeneidad performativa a la que nos lleva el nuevo disfraz, en tanto instrumento biopolítico —normalizador, regulador y fiscalizador de nuestras conductas— ha obligado también a que las personas manifestemos nuestros gustos, porque en muchos casos nos resistimos a esa homogeneidad que supone. Por eso no faltan alegorías diversas, estampados que se proponen dar color, vida, a una época teñida por decesos constantes. De alguna forma, el nuevo disfraz que sólo guindamos en el umbral de nuestro espacio privado y durante esta nueva dinámica de socialización, la virtualidad, debe ser ahora motivo de estudio para una posterior entrega teórica.


Leer a Camilo en cada una de estas líneas, como podrán apreciar, ha despertado más interrogantes que soluciones a una problemática específica, aún cuando su prosa es ágil, atinada y rica en imágenes verbalizadas. ¡Qué bien que así sea!, pues eso dice que, quizás, uno de sus propósitos se ha cumplido: como buen filósofo que es, sensible y para nada encartonado, invita gentilmente a la reflexión, a encontrarnos en los seres sociales que somos, para poder establecer una distinción entre aquello que aparentamos y lo que verdadera y honestamente nos constituye.


No me resta más que invitarles a convertir temporalmente este libro en uno de sus enseres. Como le dije a su autor hace casi dos meses, no se trata de comprar —sinónimo de gastar dinero para obtener el libro—, sino de invertir en investigación, en este caso filosófica. Es, sin dudas, una oportunidad para hurgar en nuestro interior, para realizar un ejercicio introspectivo, porque el texto nos interpelará sin darnos cuenta y, quizás también, sin proponérselo. En lo personal, ha sido una puerta para reafirmar aquello que la tercera década de vida me ha permitido experimentar: un viaje hacia lo verdaderamente esencial, un encuentro con mi propio ser, tras el recuento de una existencia, en la cual no han sido pocos los disfraces exhibidos, pero sí los suficientes para saber que la vida está llena de ellos, aunque no siempre deseados. ¡Gracias, Camilo, por acompañarme en este viaje personal a través de tus reflexiones!

Este texto formó parte de la presentación del libro Enseres: esbozos para una teoría del disfraz (Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2020) de Camilo Retana, realizada el 28 de octubre de 2020 a través de la plataforma Zoom. El evento estuvo organizado por la Cátedra Sara Astica de la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica. El libro fue presentado, además, por María Lourdes Cortés y Yula Cambronero, contando con la participación de María Clara Vargas como moderadora.

Foto: Fragmento de la portada del libro.